Alí solicitó la residencia en España por Arraigo Social pero se la denegaron y ahora probará en otras regiones donde la administración es más amigable con los inmigrantes.

Alí ha recorrido, a pie y con suerte a veces en coche, 10.000 kilómetros en cinco años. Oh no, no; Alí no es de esos jóvenes que trasiegan el mundo andando para luchar por una causa humanitaria. Alí lleva la causa humanitaria a cuestas. Salió de Pakistán en 2011. Su país natal le ofrecía una vida encorsetada y escasas oportunidades de encontrar trabajo. No se consolaba solo con ver la opulencia del western style que le mostraban las películas en una pequeña televisión en su aldea cercana a la disputada Cachemira. Salió feliz de casa, como lo hace el que empieza un viaje de pulserita ‘todo incluido’. Y pese a que nunca ha perdido la sonrisa, Alí las ha pasado canutas en su periplo por Asia y Europa hasta llegar a España, donde mal que bien vive desde hace tres años.

Y trabaja cuando lo llaman y cuando no también y cierra los contratos de trabajo con un apretón de manos porque Alí es de esos seres invisibles para la administración, los ‘sin papeles’. Y no será porque no desee tenerlos. De hecho, ya los ha pedido una vez y se los han denegado. Por la vía del famoso Arraigo Social, dos palabras que suenan a música celestial para los inmigrantes sin regularizar, pero que muchas veces se encuentra con escollos difíciles de salvar.

El único día que perdió la sonrisa fue cuando supo por Internet que le habían denegado el permiso de residencia: Lloró amargamente al informar a su empleador de la mala noticia.

Lo tenía todo: Un contrato por un año a jornada completa, el empadronamiento y el certificado de penales. Tan solo le faltaba el cuño en el pasaporte, motivo por el que le ha sido denegada la petición. Pero Alí no se acobarda ante el primer portazo en las narices de ese monstruo con el que se enfrenta, llamado Administración: “Me han dado calabazas pero no desisto: Quiero vivir y trabajar como un español más”. Ha visto que su país y el de acogida no distan mucho de parecerse, al menos en la operación matemática burocracia+política.

Alí no tiene todas las oportunidades perdidas porque desde que llegó a España hace tres años se ha ido empadronando en todas las ciudades donde ha vivido. “Lo dicen los abogados: que es muy importante empadronarse cuando vienes a España ilegal porque después será la prueba válida de que has estado viviendo ininterrumpidamente en el país. Y es que la vía para obtener el permiso de trabajo y residencia por Arraigo Social requiere que el demandante demuestre que lleva un mínimo de tres años viviendo en España.

La denegación le ha venido por carecer de cuño de entrada a España en el pasaporte, pero Ali ha sabido que en otras regiones españolas no son tan exigentes y va a probar allí. Lo dicho: Ali quiere vivir en España sin miedo a ser detenido y expulsado como un vulgar criminal.

Ali ya sabe lo que es ser tratado como un ladrón, aunque nunca le ha pasado en España. Inició su odisea en Karachi, donde dormía en casas abandonadas; traspasó las fronteras de Turquía y solo pudo estar dos semanas porque lo detuvieron y lo reenviaron de nuevo a Irán después de tenerlo 10 días encarcelado. Pero no tardó en volver a Turquía de nuevo y de allí a Grecia donde estuvo trabajando un año en el campo. Macedonia, Hungría, Austria, Italia, Francia y por fin España, un país que le dio una calurosa acogida, aunque la fría administración no lo ratifique.